El Asesino olvidadizo V

 No estoy loca, estoy cuerda. Sé lo que hice y sé por qué lo hice

Aileen Wuornos


A estás alturas, algunos compañeros de profesión ya están atando cabos y pasando a la fase de ejecución. Yo —como os he comentado en varias ocasiones—, prefiero seguir mi plan que tantos buenos frutos me ha dado. Por lo que procedí a realizar la última visita que me faltaba. Los inquilinos del segundo B, una pareja de gays de unos cuarenta años.

Os relato como en otras ocasiones lo que sucedió en la visita, esta vez sólo contando con mi memoria porque no leí , o se me me olvidó que lo leí o vete tú a saber, el  Post-it donde indicaba que tenía que llevar la cosa esa para escuchar voces y no lo lleve a la cita.

Me estaban esperando.

Como con los vecinos anteriores, les ofrecí la estatuilla y con el agradecimiento habitual, nos sentamos en el salón, cada uno en un sillón orejón individual, rodeando una mesa donde me sirvieron un café en taza de porcelana que invitaba a saborearlo con la debida tranquilidad.

—Ya nos preguntábamos cuando iba a a venir a vernos, visto que ya ha visito a mis tíos y a mi prima— dijo el hombre que me abrió la puerta. Un hombretón de frondosa barba, entrado en carnes,  con una camisa azul con girasoles estampados, pantalones de lino blancos y sandalias hawaianas negras—, ¿Azúcar, sacarina, miel?¿ leche normal ,semi, sin lactosa, de avena, de almendras, de anderkrander, de cabra, de cabra virgen, de cabrón?

— No gracias, lo tomo solo— dije mientras le daba un sorbo al café—, excelente café. Vaya, por lo que veo están emparentados todos en el inmueble.

—Ni se lo imagina— dijo el otro hombre, vestido con un impecable traje negro de tres piezas.

A diferencia de su pareja, el del traje negro era de delgado y estirado. Con una cara que se me asemejó a un hurón.

—No sé si sabe que el anterior inquilino de su piso era nuestra tía Hermigilda— continuó el hombretón.

—Que en paz descanse — dijo el del traje.

—Amen— dije sin pensar.

—como iba diciendo, después de la muerte de mi tia , nos…

— Que en paz descanse.

—Amen—, respondí de nuevo.

— …Nos sorprendió que los tíos alquilaran un piso a un extraño.— el hombretón nos echó una mirada de advertencia a su pareja y de rebote a mí.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio, saboreando un sorbo de café.

— A mí también me sorprendió la verdad, un piso amplio, en una ubicación tranquila. Justo lo que necesitaba para pasar mis días con tranquilidad —contesté. 

Sus miradas se cruzaron.

— En fin, mi nombre es Eleuterio y mi pareja aquí presente; Alcadio. — Dijo mirándome a los ojos el hombretón esperando una reacción al respecto. Como profesional que soy, le regalé mi mejor cara de poker.

—Estamos entre amigos, llámeme Puchi— dijo el hombre del traje.

Mi cara, observada por mis anfitriones no cambió ni un ápice.

Noté un roce en el tobillo seguido de un ronroneo, bajé la mirada y me la devolvió un gato siamés de ojos azules.

—Veo que la princesa de la casa  quiere presentarse.— Eleuterio dió palmaditas intentando atraer la atención de la gata en vano—. Esta es winimini-chachi-que-sí.

Hubo un silencio del que podían sacarse muchos interrogantes, el cual  aprovechó winimini-chachi-que-sí para subirse a mi regazo.

No me gustaría aburriros con más detalles. Para ser  ser sincero, no me acuerdo de muchos detalles, pero la cosa en resumidas cuentas es que yo les conté un poco de  mi vida prefabricada y ellos me contaron un poco de la suya,  que Alcadio era el abogado  de la familia  Orriega desde hacía tiempo, que Eleuterio se dedicaba a componer poesía floral…

—Que interesante, siempre me ha resultado atrayente la composición de versos —dije, aparentando interés.

—Bueeeno, Eleuterio es un artista, va más allá de los límites del verso escrito, él literalmente compone poesía creando arreglos florales. Sus composiciones son famosas por el uso central de girasoles y fondos de cardos borriqueros, si se mueve por la sala, parece que los cardos borriqueros le siguen —aseveró Alcadio mientras Eleuterio asentía con la cabeza.

—Maravilloso — contesté, impávido el rostro, adusto el ademán.

Después de la charla y que me enseñaran una composición floral que estaba realizando para la boda de unos duques, nos despedimos y volví a mi casa cavilando la información obtenida para  no olvidarla.

No se me paso por alto el denominador común de los descendientes de los patriarcas de los Orriega : no tenían un trabajo convencional, desde luego que no.

Para terminar con el relato de esta visita, tengo que deciros en honor a la verdad que realmente los hijos de puta de los cardos borriqueros parecían que te seguían.



 




 


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