El Asesino olvidadizo III
Me gustan los niños, son sabrosos. Albert Fish. Paso a dejar constancia de los hechos acaecidos durante la visita que realicé a mis vecinos del primero, según el Post-it que me puse ayer y que me indica que grabe lo acaecido en esa visita y confirme que lo he grabado, porque he puesto un sí muy grande para que pueda verlo, para que no se me olvide. Para eso. Esperé a una hora en la que las visitas no fueran mal vistas. Me llevé conmigo una pequeña figura de un ángel que compré en una tienda de antigüedades de la ciudad como presente. El timbre de la puerta sonó, solemne, sin prisas. Abrió la puerta un hombre que debía rondar los setenta otoños, con una sonrisa que podría catalogarse de etiqueta, de esas que insinúan que saben que existes, que te consideran persona pero que están a la espera de que lo corrobores con con tu actitud. —No me diga más joven, es usted el nuevo inquilino, pase pase — dijo el hombre echándose a un lado y cerrado la puerta detrás mío—, conocie...