EL PAQUETITO DE MALBORETE


“Nada reduce la ansiedad más rápido que la acción”. 

Walter Anderson


 Pues vera usted, como todas las mañanas, me despierto más temprano de lo que sería seguro para llegar al trabajo en punto, porque mire, a mí  me gusta ducharme tomándome el tiempo necesario que considere oportuno para valorar que estoy limpio y que he desechado de mi cuerpo la mayoría de los ácaro demás bichos, e ideologías que se me hayan quedado prendidas el día anterior, que en esta era en la que  vivimos, por si no lo sabe,  la contaminación ideológica es tan preocupante como una infección de estreptococos, y estos , con  penicilina se ataca , pero con aquellos se puede perder la poca creencia en nuestra alma humana.

Como siempre después de un buen huevo hervido en su punto medio, una miaja de bacón, un pinchito  de tortilla, un zumete de naranja , un café con galletitas y una o dos magdalenas, sigo la rutina de ponerme   mi bufanda, regalo de mi señora, mis guantes, el abrigo viejo que me resulta ancho y  confortable, beso a mi santa —que como todos los días me comenta que con tanta ropa que tengo, siempre me pongo la más antigua, la  más usada y la que peor me sienta—, he indefectiblemente salgo a la calle todo forrado en busca de la parada más cercana a mi tranvía. »

— Vera señor comisario, cuando llego a la estación, suelo abrir la cartera para ver el dinero del que dispongo, porque soy del proceder de dejar a mi mujer que administre nuestras cuentas bancarias porque, francamente, soy un poco dejado para los temas monetarios y prefiero que ella que tiene más mano y más  maña, se ocupe del asunto.

Pues como le iba contando , abrí la cartera y vi que tenía—y  no me podía creer—  , nada más y nada menos que 20 lereles , totalmente lisos y dobladitos, suaves y limpitos cual quinceañero en domingo en busca de su novia.

Así que ya aposentado en el tren en mi sitio , porque , señor comisario , creo que todos tenemos nuestras pequeñas manías y yo , he de confesarlo, en cuanto al sitio del tengo una pequeña manía , la cual es: sentarme en el segundo convoy , en la tercera puerta, en el asiento de enfrente  de dicha puerta que da en el límite de un vagón y otro, los cuales ahora , están conectados no como antes, y menos mal .

Tengo que decirle también, que antes de sentarme obviamente tengo que escupir un poco al lado derecho oblicuamente, girarme hacia el lado izquierdo y con un poco  de sal santificada por el párroco de toda la vida de nuestro barrio —Don Onofre, dios le tenga a bien mantener con nosotros por muchos años—,   que siempre llevo en un botecito, echo un poco de la sal sobre mi hombro izquierdo para que el diablo no le dé por mirar encima de dicho hombro y me arruine el día.

Echo esto, que por otro lado redunda en todos los viajeros porque desde que procedo con este ritual nunca hemos tenido un percance serio, y que quiere que le diga, en diez años nunca nadie me ha dado las gracias —todo han sido caras raras y miradas, diría un tanto de desprecio—, intento tener un rato de introspección intima intentando no dejarme llevar por los poster que les ha dado por poner invitando a una lectura pequeña, desviando la atención del cuidado el alma es los momentos, siempre dramáticos , previos a la salida del tren. Quizás debido a que adopto la santa postura del loto, vuelvo a recibir miradas de perplejidad y asombro de los demás compañeros de tren.

Pero bueno, tampoco quiero entrar estos asuntos, porque la verdad, no hay personas como antaño, de buenos modales, de los «buenos días», de los «pase usted primero », ahora todo es primero yo y después yo, la educación se acaba, señor comisario, los tiempos de humanidad y  caballerosidad bien entendida se han cambiado por una mal llamada evolución  social que no tiene ni evolución, ni es social.

Con estas sanas y cristianas disquisiciones, suelo pasar el pequeño trayecto hasta mi estación de destino, pero esta vez mas que predispuesto, sabiendo que en mi billetera, esta vez nada hambrienta  de huésped  dormía un tesoro de papel todito mío.

En estas, llegué a Nuevos Ministerios, y así para mantener la buena harmonía telúrica como siempre salgo  con el pie derecho y  el brazo izquierdo doblado alrededor de mi cabeza del vagón, imprescindible para que los hados me tengan en cuenta en sus benévolos planes. Como todos los días, subí las escaleras que iban a dar de bruces , a un puestecito de café, regentado por dos chicas jóvenes , que según las malas lenguas, compartían algo más que  intimidades del trabajo, pero oiga, que quiere que le diga, el café caliente y la caracolas por dos euretes son para quitar el sentido del tiempo al más sentido.   

Bueno, pues, como iba diciendo, pertrechado con mi café y mi caracola, subí, de manera casi automática, por las  escaleras, y valga la redundancia, automáticas que van  mirar a la Castellana, justo a unos doscientos metros del quiosco donde venden revistas y tabaquito.

Justo en ese momento y con diociocho lereles en el bolsillo me asalta el pensamiento, que como siempre que tengo dinero inunda mi mente y todo mi ser justo en ese punto, y es este:

- Bueno, hoy es un buen día para comprase un paquetito de malborete, para DE-FI-NI-TI-VA-MEN-TE dejar de fumar de una vez por todas, así que, voy a comparar un paquetito, me lo voy a fumar y  pim pam, adiós muy buenas.

Pues con esta sana intención, me acerque con toda mi buena voluntad, y localizando a la quiosquera la pedí un paquetito de malborete.

- Buenos días, ¿podría darme un paquetito de malboro?

Desde detrás del mostrador me miraron unos ojos justo a ras de la ventanilla, encima de los cuales se atisbaba un moño prieto clareado por los años.

- un momento, déjeme ver, si, son cinco con veinte

Mientras la Señora, pues con su edad pensé y creo que con razón que tal era, buscaba el paquetito de malborete,  le entregue el billete de diez lereles para que me los cambiara.

Justo en ese momento, paro una furgoneta al lado del quiosco, de la cual salió un  recio mozo y saco de la misma unos paquetes de revista para reparto, con lo cual la señora salió del quiosco para recoger dicha entrega.

Una vez que volvió a entrar, como veía que no me atendía y el deseo de una calada bien grande me empezaba a inquietar desde lo más profundo de mis pulmones, intenté reclamar su atención.

-Señora, perdone, tengo prisa, me quedan quince  minutos para llegar a mi trabajo, ¿podría darme el paquete de malborete?

-Perdona  hijo, pero con esto del reparto se me ha hecho un lio, voy a ello.

-¡Señora Carmen! ¡Buenos días! ¡Aquí estoy, como todas las mañanas como esta!, ¿tiene mi revista?

Me giré, vaya si me giré, el olor que emanaba era como una bofetada dada del revés y a dos manos, de esas que pican durante días , era un olor con personalidad profunda, un olor mayor de edad, un olor emancipado de su dueño, que vive su vida sin preocuparse del mañana, un olor iracundo por la situación del país.

Y ese olor provenía de un señor alto , embozado en una gabardina mugrienta y un sombrero encalado hasta las orejas, grandes y desplegadas como antiguos radares, entre el sombrero y la gabardina solo dejaba  al descubierto una cejas blancas tupidas y una barba igual de espesa que la conciencia de un adolescente de resaca en domingo.

Una nariz grande y ganchuda sobresalía  sobre toda esa masa de pelos faciales, así con un puro aplastado y de forma rara que me atrevería a decir que era un caliqueño varias veces usado.   

Sus zapatos eran mocasines  que ya hacía tiempo que habían sobrepasado sus mejores años, y de sus calcetines, la verdad, no quise ni mirar, parecían que se caían poco a poco, con una elegancia triste, como un grito de desesperación mudo que te mira tristemente porque sabe cuál es su final.

Creo que en ese momento fue cuando di gracias a la divinidad porque su gabardina ocultaba todo lo demás y, lo más importante, presumía yo, hacía de barrera a descubrir un olor que probablemente la humanidad, sinceramente, no estuviera preparado para ello.

— ¡Hombre, Don Segismundo!, pues un momento que la tengo en la parte del atrás del quiosco, voy a ver.

-Pchhh, señora, SE-ÑO-RA. – intente que la mujer se fijara en mí, dado que a estas alturas ya me quedaban menos de diez minutos para entrar en el trabajo y no veía yo ni el paquetito ni las vueltas, y si he de serle sincero, ya estaba sintiendo una desazón y una inquietud creciente en el cuerpo  debido —creo yo aunque no soy un experto en la materia—, a  la ansiedad producida por la cercanía de una droga como el tabaquete  pero no satisfecha, así como un  deseo inenarrable  de salir del radio de acción de ese olor que suspiraba por conquistar todos y cada uno de mis sentidos y  como también de derretir todo empaste bucal y ya puestos  toda plancha metálica que osara ponerse en su camino .

-Si joven, no tardo nada,  le  doy  la revista a Don Segismundo para que se vaya a desayunar y enseguida estoy con usted.

Decir que estaba nervioso seria mentir, señor alguacil,  los nervios ya no existían , estaban dejando paso a un cierto estado desordenado mental, con mareo continuado debido a la esencia que destilaba el amigo, además estaba bastante preocupado porque el reloj iba corriendo en pos de la hora de la   reunión a primera hora con el jefe de mi departamento. Pero bueno, todavía tenía tiempo de  fumarme un par de pitos entre pecho y espalda y llegar tranquilo y relajado a la reunión, no sin antes ir al baño y llorar amargamente por el olor que mi cuerpo y mente había tenido que soportar.

Así pues, fíjese  señor comisario el cuadro que  se me presentaba en esos momentos, hágase  una composición de lugar y probablemente estaría un tanto inquieto y a la expectativa  de los acontecimientos que el destino tuviera a bien guardar para mí.

Pero aun así, aguanté estoicamente. Quería mi paquetito, quería mi cigarrete en mis labios , así que  gracias a que soy una persona previsora suelo llevar siempre a mano un  pequeño botiquín bien surtido  para esas pequeñas  urgencias que se le pueden presentar uno, y  sabiendo lo que buscaba, aparte el desfibrilador portátil,  el kit de bisturís, cizallas, taladro y brocas, el Costótomo y el Desmótomo ,  los antinflamatorios, mis pastillas para la alergia, colirios varios, tiritas  los ansiolíticos, que siempre , siempre tiene que estar a la izquierda de los relajantes musculares. Detalle este importantísimo que más de una vez me ha salvado de situaciones comprometidas y quizás en otro momento más distendido le relate.

Perdóneme sargento si me desvío del suceso que nos ha reunido aquí, pero comprenderá usted que estime que es preciso que cuente con todo detalle lo acaecido para que se entienda perfectamente y sin ningún tipo de duda mí comportamiento en este lamentable a la par que inevitable suceso.

 En fin, como le iba diciendo, en el fondo  de mi  botiquín de pequeñas urgencias suelo tener una docena de rollos de algodón, así que  mi hice dos bolas  de algodón  lo suficientemente grades para dejar totalmente atorados mis orificios nasales. Una vez que estuve satisfecho tanto del volumen como de la consistencia de dichas bolas de algodón me las introduje en las fosas nasales, rogándole a dios y a todos sus santos, que tuvieran el efecto deseado, que era en ese punto  que mis ojos dejaran de bizquear y llorar por olor de la inenarrable presencia que destilaba el señor llamado Segismundo.

— Heñora ,or dios!! Ho ecunta ha evistaa he on eigismodooooo!!!- , quiero hacer notar que no es mi  proceder hablar de esa manera y de ese tono , pero  que por un lado mi obstrucción nasal y por otro el miedo a abrir la boca en demasía y que penetrara en mi ese olor causando vaya a usted a saber que daños fisiológicos y cerebrales, me impedían hablar mejor.

— ¿Cómo ha dicho?  - preguntó asomando la cabeza desde la parte de atrás la señora  del quiosco.

— ¡creo que ha dicho que si  ha encontrado mi revista!- bramo Don Segismundo.

— ¡oh dioh, oh dio,  eñor eismundo eo no se meva por el amo de dio haga el favó!, Heñora po dios he olo quero un aqutito de maorete, e no iero na mas, e lleo arde al tabajo.

O lo que es lo mismo agente, que estaba aterrado ante la idea que don seguismundo se moviera, por dios por dios, todavía me tiemblan las canillas capitán.

— ¡Que prisas!, no se preocupe hombre que ahora se lo doy hombre, no se preocupe que en nada estoy con usted tranquilo—  y volvió a esconder la cabeza en la parte de atrás del quiosco.

Desde mi posición, solo veía pasar de un lado a otro es moño blanco, hacia la izquierda, hacia la derecha, una y otra vez y pensé que si fumaba muy deprisa, incluso podría fumarme tres cigarretes de un tirón, así además de calmar el demonio que me estaba comiendo por dentro, quizás , con un poco de suerte  podría enmascarar el olor que se me estaba pegando el cuerpo como una hipoteca a veinticinco años.

 Mi ánimo y mi presencia de espíritu estaba cada vez más revuelto, debido al hecho de que ya me estaba quedando sin tiempo material para llegar al trabajo puntualmente y no había podido yo disfrutar de unos miserables cigarretes que calmaran esas ansias que me estaba creciendo en mi pecho de cristiano viejo y, por supuesto Don Segismundo, maldita sea. Don Segismundo.

Quiero comentarle una cosa señor Inspector, ah ha, perdón perdón, tiene razón, señor comisario. Y para comentarla permítame ponerme un tanto serio.

Yo soy buena persona, recta  y sin aristas, como me enseñaron mis progenitores, con movimientos fluidos y sin contradicciones así en el ámbito de la higiene personal como en mi proceder con mis relaciones con las demás personas, pero que quiere que le diga, la situación en la que me encontraba estaba empezando a hacer mella en mis más profundas convicciones, sinceramente, me estaba quebrando el alma y además, que quiere que le diga, quería encender unos  pitillos que dieran sentido a toda esa kafkiana situación , que abriera mi mente y mi conciencia hasta alcanzar cotas de entendimiento de la realidad como no lo había tenido antes, que con una inhalación llegara muy a dentro y llenará de paz y sosiego a mí , en esos momentos alterada alma y , como no, como que matara de una vez por todas mis células receptoras  olfativas para no seguir degustando el aroma que flotaba en el ambiente.

—Odddaaa, odaaaa, enora!, !o dio eme el paetito y me oy a tabaja¡ 

—¿Cómo?—  la cabeza de la señora Carmen, esa santa cabeza volvió a aparecer una vez más.

—Que quiere  un paquete de tabaco. —  el ente llamado don Segismundo hablo desde detrás de su tupida barba.

—¿Pero no se lo he dado ya?, juraría que ya se lo di.

- ¡oh dio oh diooooooo ! , or faor eme el paetito e una puetera eezzzzzzz!!!!.

— joder con las prisas, un momento hombre que tengo que desempacar las revistas.

- ite , ite e mi lao!!! , aaaaaa!!! Aaa!!!  e a tocao , e a tocaooooooo!!!! , oy a moiiii!!! Acoeme seño e tu seno!!!!

Yo lo vi claro general , en cuanto el ente conocido como Seguismundo me rozo , me vi asaltado por las imágenes de mi cuerpo lleno de pústulas y y y cosas inenarrables que harían  que mi esbelta figura se convirtiera en un saco babeante y  rebosante de cosas asquerosas, y no solo eso , me caguen la puta, que no podía disponer de un par de cigarros para dar una puta calada que me llegara hasta el fondo de mis pulmones, joder , solo uno , o   un par de caladitas, que ya llegaba tarde al trabajo. Pues nada que le den , pero ostia un puto cigarro, ¿es mucho pedir después de lo que me estaba aconteciendo ?  Yo creo que no, para nada. Me había ganado el derecho, ¿verdad que si comandante? Y el objeto de mi deseo y mis penurias estaba ahí, solo a un par de metros.

Así que con esta disposición, salté, no, más bien me tiré de cabeza sobre el mostrador para aterrizar solo con una ligera conmoción cerebral y probablemente y par de costillas fisuradas, hahaha,¡ hay ¡, ¡ahí  estaba el puto paquetito!! , la muy puta lo había dejado debajo del mostrador encima de unos sudokusssss, detrás suyo.

- hahahaha ya o veoooooo, ya o veooo- la desesperación, la desesperación en su forma más pura, más virgen estaba derramándose dentro de mí como un aceite muy viscoso, que iba bajando lentamente, inundando todo mi cuerpo y ahogando todas las ideas virtuosas que me pudieran quedar sobre mis semejantes. 

Tienen que entenderlo, necesitaba unas caladas, unas hondas calmadas, repletas de nicotina y alquitrán que alteraran mi cerebro que me dijeran que no pasaba nada, que todo estaba bien , que ese olor que me golpeaba con insistencia no podía ser real , que todo iría bien , pero para ello tenia que ser preciso y momentáneamente un poco psicopata.

Si, lo reconozco , el ahogar a la  kiosquera haciéndola tragar todas las revistas del corazón no fue , digamos de buen cristiano, y que se me fue de las manos cuando saque su corazón con un boli bic y una chupa chups sabor cereza; también. pero el colgarle todos los ambientadores de pino a Don Segismundo y que le diera un chungo, eso, eso señor embajador, eso me lo tendrían que agradecer por dios que sí. Se cruzaron todas las líneas rojas y  no evite mi responsabilidad, no me di la vuelta y sale corriendo, la mire a la cara y la escupí con desprecio indiferente, afronte los peligros para la humanidad de la existencia de ese ser que podría acabar, con solo desabrocharse un botón de toda vida inteligente en un radio de cien metros y de políticos en quinientos metros a la redonda.

Y ya, sentado en un lateral del quiosco, tiré de la tira de plástico, rompí el precinto del paquetito, y dándole unos golpecitos en la mano, empezó a salir un pitillo del paquete.

Me puse el cigarro en la boca y me di cuenta que no tenía un mechero para encenderlo.

Y fue en ese momento, en ese preciso momento sargento, en el que lo vi claro.

Este mundo querido ministro es para los valientes  y arrrojados, no para pobres existencias como las mías.

Y con el pitillo vacio de vida entre mis manos, las narices taponadas mis ojos llorosos y mis empastes corroidos por  la esencia destilada por Don Seguismundo, esperé la llegada de sus compañeros con la sana intención de  contar mi historia —a todas luces exculpatoria como habrá podido comprobar  mi brigada— y con la esperanza de que alguno de los sufridos trabajadores de la seguridad del estado tuviera a bien de darme fuego y terminar de esta manera con mis ganas de acabar con todo ser viviente. 

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