El Asesino olvidadizo I

 

Debemos valorar a las personas por lo que tienen en su interior

Jack el destripador


Siempre me ha gustado la sensación que produce la arena de la playa combinada con los envites de las olas contra mis pies desnudos. No sé, estando aquí parado mirando la puesta de sol, me sale intentar contaros lo que ha pasado en mi vida últimamente, ahora que parece que mi mente carbura. Antes de que me cague y mee encima y no sepa quien  coño soy ni que mierdas es esa cosa brillante y naranja que se hunde en el mar en estos momentos.

Soy un asesino a sueldo.

Dicho así parece muy dramático, pero desde mí punto de vista es un trabajo muy cómodo cuando te acostumbras, físicamente se trabaja poco y está bastante bien pagado. Principalmente es un trabajo de planificación del asesinato, del hecho luctuoso en si. Yo siempre digo que es un trabajo de concentración y focalización en los resultados y creedme, soy jodidamente bueno  en mi trabajo o por lo menos lo era o por lo menos, quiero creer que es así.

Pues la cosa es que —si no lo habéis adivinado ya—,tengo una puta enfermedad degenerativa que va a destruyéndome poquito a poco todo lo que yo soy, vamos que en breve seré un semivegetal babeante en el peor de los casos y en el mejor, palmaré como yo decida.

 No es que me inquiete el tema de la  muerte, puede ser debido a mi trabajo o puede ser a mi forma de ver las cosas. Lo que me fastidia de veras es que los colegas de profesión se enteraran de mi  situación médica. Es de seguro que de propagarse la noticia, recibiría muchas visitas y mensajes de compañeros con los consabidos mensajes «no somos nada», «tanto trabajar pero que luego pase esto», y la más probable: «si necesitas algo cualquier cosa y tú me entiendes , ya sabes donde localizarme. Tú solo contacta». O lo que es lo mismo la promesa de una muerte rápida e indolora. Desde luego la mayoría de ellos también deslizarían la posibilidad de de que susurrara sus nombres  a los oídos de mis contactos…

Como os he contado, soy un enamorado de mi trabajo por lo que me negaba a dejarlo y dedicarme solo a ver las puestas de sol y malgastar el tiempo que me quedaba en ver la tele o cualquier tontería de esas, por lo que decidí continuar con mi trabajo hasta que no  pudiera continuar. Cuando pasara eso, lo más probable es que haría uso de la ayuda de algún colega de profesión.

Tomé medidas para esas perdidas de memoria que podían aparecer de improviso en mi mente, para ello me compré un dictáfono en el cual guardaba todo lo importante que necesitaba y unos post-it —y notas en mi cartera y chaqueta—  convenientemente repartidos por toda la casa, me recordaba que escuchara la grabadora de voz todos los días.

Con estas precauciones, continué mi  trabajo y he de deciros —aunque esté mal de decirlo porque podríais pensar que es un exceso de narcisismo—, que los siguientes encargos fueron de los mejores de mi carrera, tanto en la planificación como en la ejecución, todo perfecto, todo una sinfonía bien ejecutada, donde nada falta y nada sobra. No hay nada como la sensación de un trabajo bien hecho. La belleza como fin último…

 En ninguno de estos trabajos tuve problema alguno, mi mente no me traicionó. Si que es cierto que por las mañanas me encontraba un poco desorientado y algunas veces no sabía que día era, pero de momento solo era temporal y me recobraba al poco y de todas formas también tenía mi dictáfono que junto con mis post-it y notas podrían salvarme de alguna que otra metedura de pata llegado el caso. Así que todos los días sin excepción, leía  y escuchaba lo que había grabado el día de antes, sobre todo para irme creando ese hábito. También escuchaba las grabaciones a medio día y cuando veía una nota donde ponía: «escúchalo ahora y tírame», que ponía en lugares estratégicos de la casa para poder verlos en cualquier momento.

El caso es que contactaron conmigo para un encargo un lunes, y sé que era un lunes porque siempre me levanto de muy buen humor los lunes. Leí la nota en el espejo de mi habitación y escuché las grabaciones del día anterior, cosas inconsecuentes que borré de inmediato. 

Esa mañana me apetecía hacer un desayuno para campeones, por lo que me dispuse a hacerme unos huevos revueltos, panceta y unas salchichas blancas. Estaba liado con los huevos en la sartén  cuando las notas del tema de Peter Gunn del genial Henry Mancini inundaron la cocina, indicándome que algún encargo estaba al caer por ser el tono de llamada asociado al  teléfono de trabajo. 

— Sí, vale el precio de siempre, dime los datos y dirección. Dime, dime…, si me pongo  a ello en este momento…, no no te preocupes por nada, como siempre en cuanto este hecho pongo el anuncio en el periódico de siempre…, no no, paso de  redes sociales…, el nombre…, el nombre del objetivo repítemelo…, si si lo de de siempre y punto…, chao chao.

Colgué el móvil  con una mano mientras con la otra intentaba revolver los huevos en la sartén, mientras mentalmente repetía la dirección y el nombre del siguiente encargo. Fui corriendo a por el dictáfono para grabarlo y después tomar nota de los datos cuando al encender la grabadora y después decir la dirección del encargo algo paso…

O más bien no pasó, el nombre, el nombre, el maldito nombre había desaparecido de mi mente. Nada, vacío. Me quede como un idiota con la grabadora cerca de mi cara y mi mirada perdida, buscando dentro de mí, el nombre. Recuerdo que me fui escurriendo por el mueble de la cocina hasta llegar al suelo, con la grabadora en ristre en un intento desesperado por recordar el nombre. Negrura total.

Fijé la vista en la puerta del horno que ahora me quedaba a la altura de mis ojos. Vi mi reflejo en él, sorprendido y aterrado, desde mi garganta nació una pregunta que dirigí a esa cara sorprendida que me miraba:


¿Y ahora qué?

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